“El Instituto Malbrán y la valoración social de la ciencia”, por Gustavo Vallejo, investigador del CONICET

Como bien sabemos, desde que la pandemia de COVID-19 llegó a la Argentina, las muestras recogidas a sospechosos de padecer la enfermedad son analizadas en la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud, más comúnmente conocido como el “Instituto Malbrán”. Además de esa tarea central en la detección de enfermos, el 6 de abril supimos que allí se secuenciaron los genomas completos de coronavirus SARS-CoV-2 (en pacientes procedentes de Asia, de Europa y de EEUU), identificándose diferentes mutaciones del virus que circulan en la Argentina. Se obtuvo así, con sorprendente rapidez, un dato trascendental para precisando las detecciones y avanzar en la producción de una vacuna, en una labor conjunta con científicos del CONICET.

El notable hallazgo vino a reforzar un mensaje que los mass media reproducen en relación a que, en buena medida, la salud de todos está en manos de esa institución y de los profesionales, técnicos y científicos que allí se desempeñan. Semejante responsabilidad los llevaría a ambos, institución y su personal, a ocupar un lugar prominente en la valoración social, algo que seguramente esté sucediendo por estos días. Sin embargo, eso mismo no ocurrió en otros momentos, de los que heredamos las dificultades que en forma cíclica aparecieron cada vez que se puso en tela de juicio la importancia de lo público como esfera que entre otras cosas integra la ciencia producida dentro de la órbita del Estado.

De ahí que aquella gran noticia que mencionamos motivara el desafiante mensaje de Alberto Kornblhitt: “hasta cuándo la ciencia y los científicos argentinos deberemos seguir rindiendo examen frente al establishment. ¿No hemos ya dado prueba suficiente de que sin ciencia local, seria y rigurosa, es imposible afrontar los múltiples problemas sociales, de salud y de producción que enfrenta nuestra sociedad?”. La pregunta retórica se refuerza con el ejemplo de Milstein, ungido en una figura universalmente reconocida tras ser “echado del Malbrán”.

Quisiera retomar el mensaje de Kornbihitt para ir más allá y recordar en un breve repaso del devenir del Malbrán cierto episodios que lo convierten en una verdadera metáfora de las luces y sombras que se han cernido sobre la ciencia argentina. En efecto, esa institución es conocida por el nombre de su mentor, el médico catamarqueño Carlos Gregorio Malbrán, quien a poco de creado el Departamento Nacional de Higiene, pasó a conducir la sección de Bacteriología y sentó las bases para la creación de un Instituto capaz de crear productos biológicos para el tratamiento y profilaxis de enfermedades infectocontagiosas. El arquitecto suizo Jacques Dunant y el ingeniero argentino Miguel Olmos realizaron el proyecto que comenzó a materializarse en 1904 para ser finalmente inaugurado el 10 de julio de 1916. Nacía así el Instituto Bacteriológico en el sur de Buenos Aires, próximo a distintos hospitales con los que pasaría a interactuar, conformando un complejo compuesto por pabellones paralelos y un bloque principal sobre la Avenida Vélez Sársfield, en lo que se constituyó una verdadera apuesta al futuro que comenzó a motorizarse a instancias de Joaquín V. González, Ministro de Julio A. Roca. Junto al Instituto Bacteriológico, González promovió otros grandes emprendimientos: el Hotel de Inmigrantes y la Universidad “nueva” de La Plata. De este modo el Estado creaba espacios innovadores para formar conocimiento y contener la cuestión social dentro de un mismo programa que a su vez ponía el acento en el estudio de las epidemias.

Malbrán murió en 1940 y al año siguiente se lo recordó con el nuevo nombre que pasó a llevar la institución que ideó: Instituto Bacteriológico Carlos G. Malbrán. Pero si ese fue, en verdad, un acto de justicia que popularizaría en adelante la denominación a secas del “Instituto Malbrán”, los cambios en la denominación que le siguieron tuvieron tras de sí otros significados.

En efecto, dos nuevos nombres se sucedieron a modo de cicatrices sobre las tremendas heridas infringidas a la institución.

La primera de ellas nos remite a la aparición en escena de un científico excepcional como fue César Milstein, investigador del CONICET que en 1961 creó el Departamento de Biología Molecular del Instituto Malbrán. Milstein se había desempeñado en Cambridge, en el Laboratorio de Bioquímica de Frederick Sanger entre 1958 y 1960, en cumplimiento de una estancia que le permitió acceder al título de Ph D. En 1962, tras el golpe militar que derrocó a Arturo Frondizi, el Instituto Malbrán fue desmantelado, echando por tierra un vasto programa de producción de sueros y vacunas que el país necesitaba y al mismo tiempo laboratorios internacionales presionaban para poder proveerlos. El director del Instituto Malbrán era Ignacio Pirosky, un científico que por sus irritantes inquietudes sociales fue sumariado y destituido, desencadenando ese hecho la reacción de subalternos entre los que se encontraba Milstein. El responsable de la ofensiva era el Ministro de Salud Pública, Tiburcio Padilla, quien entrevistó a Milstein debido a que escribía cartas públicas en su contra y le planteó con no poco desparpajo y cinismo: “pero si ustedes son chicos buenos, científicamente de mucho nivel. Este país no tiene futuro ¿por qué no se van? Los intelectuales se tienen que ir, es mejor que se vayan, porque son todos comunistas y judíos”.

Luego del mensaje de Padilla, otro hecho dejó a Milstein sin opciones y debió abandonar la Argentina. Se le exigió un certificado de buena conducta que nunca pudo obtener: lo expedía la Policía Federal, ante la cual Milstein era un “sujeto peligroso” por su origen judío y por haber militado en el anarquismo. Nuevamente en Cambridge, continuó sus investigaciones que lo llevaron al descubrimiento de los anticuerpos monoclonales por el que recibiría, junto al alemán Georges Koehler, el Premio Nobel de Medicina en 1984.

Ya sin la presencia de Pirosky y Milstein, el desmantelado Instituto se reconvertía en 1963 para adoptar el nombre de Instituto Nacional de Microbiología Dr. Carlos G. Malbrán. Poco después, otro golpe militar provocaba un gran éxodo de científicos argentinos a través de “la noche de los bastones largos” en la que Milstein vio al consecuente exilio infringido a sus colegas como la prolongación y profundización de las acciones iniciadas en el Instituto Malbrán.

En respuesta a “la noche de los bastones largos”, Bernardo Houssay, investigador que también pasó por el Malbrán, obtuvo el Premio Nobel en 1947 y creó el CONICET diez años más tarde, dejaría una elocuente definición acerca de las implicancias de la inversión en ciencia. “La disyuntiva es clara: o bien se cultiva la ciencia, la técnica y la investigación  y el país es próspero, poderoso y adelanta; o no se la practica debidamente y el país se estanca y retrocede, vive en la pobreza y la mediocridad. Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico tecnológico. Y los países pobres lo seguirán siendo si no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”.

La segunda grave herida causada al Malbrán fue consecuencia de un destrato general hacia la ciencia que tuvo lugar desde el inicio del gobierno de Carlos Menem, cuando reaparecieron en su conducción protagonistas de “la noche de los bastones largos”, mientras con la Reforma del Estado se privatizaban los servicios públicos. El planteo de Houssay pasó a describir con notable precisión las consecuencias de políticas que redundaron en desinversión en ciencia y crecimiento de la pobreza en un gobierno que sentó las bases de prácticas que en adelante serían recurrentes. El punto de inflexión en lo que atañe al Malbrán tuvo lugar luego de que en 1995 Menem lanzara la Segunda Reforma del Estado, eufemismo que colocó a dicho Instituto como objeto de políticas de desmantelamiento para su futura privatización, la cual no llegó a concretarse por la tenaz resistencia de sus trabajadores. Ellos se apostaron en el edificio declarando una huelga que prosiguió durante 202 días, hasta que fue confirmada la continuidad del Instituto como institución pública. En estas circunstancias el Instituto Malbrán se convertía en 1996 en la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (denominación que perdura hasta la actualidad).

Más tarde, aquella suerte de profecía de Houssay sobre las consecuencias de la desinversión en ciencia volvería a cumplirse una y otra vez en la historia reciente. Uno capítulo importante en este sentido fue protagonizado por el gobierno de De la Rúa que avanzó en el plan dirigido a cerrar el CONICET, como parte de un ajuste acordado con organismos financieros internacionales. Era toda una señal para la comunidad científica dentro de la cual, el Instituto Malbrán, como los demás espacios de formación del conocimiento, debían considerar que en la eventual supervivencia terminaban todos sus derechos.

Las cosas comenzaron a cambiar desde 2003, cuando la ciencia pasó a ocupar un lugar destacado en la agenda pública, redundando en distintos indicadores de importantes mejorías en el sector de los cuales quizás sea el más elocuente la repatriación de más de 1.200 científicos que habían dejado el país por falta de oportunidades (como la que sufrió Milstein).

Pero otro capítulo se abrió con el acceso al poder de Mauricio Macri. La desvalorización de los científicos en el discurso político y mediático para legitimar ajustes y reorientar partidas presupuestarias, alcanzó a todas las áreas vinculadas a un Ministerio devaluado en Secretaría de Ciencia y a otro devenido en Secretaría de Salud. El Instituto Malbrán no fue la excepción. Macri dejó su gobierno con el Instituto Malbrán sin insumos ni mantenimiento y con buena parte de sus trabajadores con sueldos situados por debajo de la línea de pobreza. Aquellos mismos que hoy, ante la pandemia, sólo motivan elogios, sufrieron un gravoso destrato del cual nadie aún se hizo cargo. No cuesta mucho rastrear en Google entremezclados discursos performativos de autoridades y periodistas calificando de “ñoquis” a los científicos argentinos y habilitando desde esa descalificación avasallamientos que fueron desde las fuertes pérdidas en el poder adquisitivo, hasta la licuación de subsidios, la drástica reducción de ingresos y los despidos.

Es que para llegar al nivel de pauperización del Instituto Malbrán y de sus trabajadores, además de aquellos discursos que hoy no tienen dueño, existieron lectores, oyentes y televidentes, que recibieron acríticamente un mensaje falaz que pudo haberlos complacido. Sin esos “ñoquis” de la ciencia “nos irá mejor a los que trabajamos y pagamos los impuestos”, se habrían dicho a sí mismos desprevenidos consumidores de fake news cotidianas en formato periodístico. Vale la pena recordar que la ciencia es un bien púbico y su desprecio ha sido siempre consustancial a las estrategias de distracción a partir de las cuales se pudo impulsar el desmantelamiento de instituciones públicas para transformarlas en negocios privados. En la recurrencia de estas prácticas seguramente anida el flagelo de la corrupción que menos anticuerpos ha desarrollado en nuestra sociedad.

La velocidad con la que China levantó hospitales para detener el avance de la pandemia podría equipararse a la que llevó a poner de pie el Malbrán para que, como se dice hoy, “nuestra salud esté en sus manos”.

Cabe preguntarnos entonces, si nos enorgullecemos de los científicos del Instituto Malbrán, ¿por qué toleramos como sociedad que de allí se echara por motivos aberrantes a quien llegaría a ser premio Nobel y se lo desmantelara? ¿Por qué la pervivencia del Malbrán demandó una lucha de sus trabajadores para impedir que se privatizara con escaso acompañamiento social? ¿Por qué esos episodios aparentemente lejanos en el tiempo pudieron cobrar actualidad cuando se renovaron viejos estigmas bajo el calificativo de “ñoquis” y nuevamente se desmantelaron institutos científicos? En definitiva: ¿por qué debieron pasar años y la llegada de una pandemia para que recién ahora pensemos que los científicos argentinos son valiosos?

Antes que responder a estas preguntas quizás convendría tenerlas presentes para que, cuando pase la pandemia, no existan nuevos motivos para volver a formularlas.

 

Gustavo Vallejo

Investigador Independiente del CONICET

 

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