Mi primer registro de la injusticia fue darme cuenta que mis abuelos no eran del mismo lugar que yo. Las fiestas de fin de año eran momentos de encuentro en los que nos entendíamos pese a que cada quien hablaba en su idioma, o con su acento, porque había una vivencia común: Nadie había podido quedarse en el lugar del que venía. Es dura la inmigración, y es duro también cambiar de provincia, de pueblo, de comunidad, y tener que armarse una nueva donde uno planta bandera. Mis abuelos y abuelas tuvieron que hacerlo, y trataron de echar raíces desde el desarraigo. Esas raíces fueron también las mías.
Yo creo que no es casualidad que de esos hogares heterógeneos, resilientes y profundamente laburantes hayan salido mis viejos, con su compromiso social impostergable y su vocación de futuro justo. Fue esa vocación suya la que me permitió ampliar mi horizonte de familia, y hacer de sus compañeros y compañeras parte de mi crianza, que fue profundamente colectiva y en comunidad. La familia elegida de mis papás fue mi segunda familia. La tercera, fue la que yo mismo elegí.
«Lo público» fue el medio donde construí mi propia familia elegida. Los jardines 901 y 915, la Escuela 30, la Técnica 2, la Universidad de Quilmes, el CONICET y las plazas de Bernal. También lo fue para mis padres, docentes ellos. «Lo público» no fue sólo un instrumento de formación educativa, o un medio de vida: fue la oportunidad de construir una familia, una comunidad, una conexión invaluable con el otro. Una patria, en una casa nacida del desarraigo. Un sentido social, y el espacio a través del cual vehiculizarlo para generar transformaciones.
Vengo de un lugar donde las personas venían de otro lado. Pero todos terminamos en el mismo lugar, y eso es gracias a «lo público». Porque «lo público» no es sólo un modelo de administración de recursos: es una declaración de principios. Es el reconocimiento a la categoría de persona de cualquiera, es poner el mismo pizarrón para el que viene de acá, y para el que viene de allá. Es permitirle escribir esta breve historia a un hijo de maestros de Quilmes. Una historia que quizás no podría escribir si hubiese nacido donde nacieron sus abuelos.
Por todo eso, y por varias cosas más, me es imposible evaluar la propuesta privatizadora de Milei como si se tratase simplemente de un cambio de esquema administrativo. Poner el énfasis en lo público (y no precisamente para mejorarlo, que buena falta le hace, sino para suprimirlo) es a su vez ignorar lo más elemental: su sentido de humanidad. El problema con las motosierras es precisamente ese: que sirven para cortar cualquier árbol, no sólo los que no dan frutos. Del oxígeno de esos árboles es que respira nuestra democracia. Una democracia que mis abuelos vinieron a buscar desde muy lejos.
No permitamos que nadie deba irse para buscarla en otra parte.
📌Agustín Ormazabal, es biotecnólogo y becario del CONICET